El cimbronazo cultural del desastre en Cromagnon - primera entrega

Presentación

Sabemos lo que representa el desastre en Cromagnón para la vida diaria de miles de personas. Conocemos la tragedia de las 194 muertes inmediatas, a las que se sumaron casi dos decenas de suicidios. Nos enteramos de las (intrincadas, contradictorias) novedades judiciales y del altísimo impacto político. Nos llegan hoy, más difusas, las voces de los afectados, que claman por urgente atención médica y psicológica para ganarle al estrés postraumático.

Pero hay un efecto mucho más intangible, de una trascendencia que permanece velada. ¿Qué significó el incendio del 30 de diciembre de 2004 para la vida cultural metropolitana? ¿Cómo reconfiguró la manera en que se organiza, difunde y comparte el arte? ¿Dio lugar a una nueva forma de cuidarnos? ¿Construyó nuevos mensajes, nuevos públicos?

La cultura es comunicación. Algo se dijo (o calló), se permitió y hoy se restringe, se promovía y hoy se denosta. Este especial intentará iluminar ese aspecto del desastre, a doce años de su ocurrencia.

En esta primera entrega del Especial que hemos titulado "El cimbronazo cultural del desastre en Cromagnon" publicamos dos entrevistas a periodistas de la escena musical en Argentina: Diego Mancusi y Joaquín Vismara.

Diego Mancusi escribe en Rolling Stone, Generación B y Playboy, entre otros medios. Pasó por Rock & Pop y Nacional Rock. Es autor del libro "RockStar".

¿Cómo te parece que impactó el desastre de Cromagnon en la escena musical argentina? ¿La reconfiguró de alguna manera? ¿Hay particularidades destacables?

Lo que conocemos como “rock barrial” (una definición que tiene más que ver con una cuestión de clase que con un estilo musical) sufrió un retroceso inmediato que, entiendo, tuvo más que ver con una reticencia a difundir que con un cambio de preferencias del público. Ese audiencia, hija del “aguante” noventoso y diáspora tras la separación de Los Redondos, reapareció tiempo después en bandas como Las Pastillas del Abuelo, Salta La Banca o -más recientemente- La Beriso, que encaran ese mismo imaginario pero con otra sensibilidad, más cercana a la poesía vivencial. Después de esa meseta en la convocatoria, en los últimos años esta nueva ola de bandas “barriales” logró recuperar la identificación y la masividad incluso desde los márgenes de la industria musical: La Beriso, por ejemplo, recién en 2015 firmó con un sello multinacional (Sony).

¿Cuál fue según tu experiencia la huella que dejó la tragedia en la escena independiente?

El efecto más inmediato -más que nada en Buenos Aires- fue la escasez de locales chicos para que las bandas jóvenes puedan dar sus primeros pasos, tras el refuerzo de los controles (con el tiempo esos mismos controles se volvieron parte de una política recaudatoria casi extorsiva). Por otro lado, es difícil aventurar cuánto cambio viene de Cromañón y cuánto del declive de la industria, que se produjo casi en paralelo. Creo que el cambio más notorio fue el rechazo explícito a la pirotecnia en shows.

¿Te parece que mejoraron las condiciones de seguridad?

Sí, pero sólo porque la desidia que reinaba era insuperable. Quiero decir: lo que tenemos hoy es lo que dicta el sentido común: puertas sin candado, matafuegos, etc. Eso, más la mencionada condena a la pirotecnia. Pero a la vez se mueren músicos por instalaciones eléctricas deficientes (recuerdo dos casos en los últimos años), así que lejos estamos del ideal.

¿Hay más/menos/igual espacios en las ciudades que conocés?

Puedo hablar con conocimiento de causa de Buenos Aires y no creo que falten lugares para tocar, pese a la persecución que muchos espacios sufrieron. Afortunadamente la oferta de shows musicales es muy grande.

¿Existe alguna relación entre la catástrofe y la actualidad de la cultura en Capìtal y GBA (festivales, sponsors, músicos profesionales/amateurs, apoyo al arte, etc)?

El rock esponsorizado y/o “curado” por el Estado es post Cromañón, seguro. Pero vuelvo a algo que ya mencioné: cuesta discernir si la política y las corporaciones se acercaron a él a partir del declive global (y por tanto local) de la industria musical y los cambios en el consumo o si respondieron a la necesidad de “seguridad” de una escena que se vio forzada a profesionalizarse.

Joaquín Vismara escribe en Página/12 y Rolling Stone. Anteriormente publicó en Soy Rock, Miradas y Los Inrockuptibles, entre otros medios. Fue editor del sitio vuenosairez.com, responsable de prensa del sello Ultrapop y director de Prensa y Comunicación en la primera edición de la Feria Internacional de Música de Buenos Aires (BAFIM). Integra el comité editorial de Silencio (http://www.silencio.com.ar/).

¿Cómo te parece que impactó el desastre de Cromañón en la escena musical argentina? ¿La reconfiguró de alguna manera? ¿Hay particularidades destacables?

Impactó de manera más que evidente. Todos los boliches, salas y centros culturales debieron reformular sus espacios para poder adaptarse a una nueva serie de medidas de seguridad tan necesarias como tardías. El público también tuvo que replantearse varias cuestiones: por un lado, entender dónde está el límite entre la celebración y la invitación a la tragedia; del otro, aprender que lo cuidados también empiezan por uno mismo.

¿Cuál fue según tu experiencia la huella que dejó la tragedia en la escena independiente? ¿Y en la mainstream?

La escena mainstream no se vio tan afectada por la independiente. De un momento al otro varios espacios se vieron obligados a readaptarse o bien a cerrar sus puertas al no poder cumplir con los requisitos obligatorios para poder contar con espectáculos con música en vivo. No es casual que esto haya coincidido con el boom de una escena de cantautores (de Pablo Dacal a Lisandro Aristimuño pasando por Gabo Ferro y Flopa Lestani), que contaban con un formato mínimo y acústico que podía adaptarse con facilidad a lugares que no contaban con las prestaciones necesarias para una banda. ¿Te parece que mejoraron las condiciones de seguridad?

Mejoraron de manera relativa. El período inmediatamente posterior a Cromañón fue riguroso, pero algunas costumbres no tardaron en regresar. Para muestra, está la película del Indio Solari en el Estadio Único en 2008 (cuatro años después del incendio de Cromañón) en donde se ve una gran cantidad de bengalas encendidas entre el público, y tres años después Miguel Ramírez falleció en un show de La Renga por el impacto de una bengala náutica. Dependiendo del tipo de evento, los controles de seguridad pueden ser rigurosos o absolutamente laxos, sin que se cachee al público al momento de ingresar a un estadio. Lo que sí parece haber cambiado es la mentalidad del público, una toma de conciencia a la fuerza.

¿Hay más/menos/igual espacios en las ciudades que conocés?

Por lo menos en Capital Federal, se vivió una proliferación de espacios culturales en el último tiempo (Matienzo, Vuela el Pez, Santos 4040, Kirie, La Playita, etc.), que hace pensar que quizás se haya podido lograr un balance de fuerzas después de este escenario. De todos modos, este sector es el que más perjudicado se ve con las clausuras a través de inspecciones de las agencias de control en situaciones poco claras, en las que a veces es difícil pensar que no se trate de medidas realizadas con cierta animosidad, por decirlo de un modo más o menos elegante.

¿Existe alguna relación entre la catástrofe y la actualidad de la cultura en Capìtal y GBA (festivales, sponsors, músicos profesionales/amateurs, apoyo al arte, etc)?

La relación existe en varias dimensiones. Los festivales sponsoreados por grandes marcas proliferaron desde Cromañón a la fecha, y si bien eso nutre la oferta artística, no siempre los artistas emergentes están representados en las grillas de este tipo de eventos. De igual manera, existen medidas gubernamentales que buscan dar un pantallazo más completo de lo que ocurre tanto en el mainstream como en los márgenes, aunque a veces sus curadurías habilitan lugar a dudas sobre los criterios de selección de su artística. De todos modos, en todo este tiempo la independencia pasó de ser una alternativa parecida a un limbo a la concreción de un camino redituable sin necesidad de depender de terceros.


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