INUNDACIONES EN CAMPAÑA ELECTORAL: ASPECTOS DE PERCEPCIÓN SOCIAL Y POLÍTICA DEL RIESGO

La vulnerabilidad no se reducirá en términos integrales mientras prevalezca

una percepción sobre los desastres, y no se avance hacia una percepción del riesgo.

Elizabeth Mansilla

Cinco días antes de las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias, una caída abundante de precipitaciones desnudó la situación de muchas localidades de la provincia de Buenos Aires y facilitó la ocurrencia de serios desequilibrios en cuencas hídricas e inundaciones, afectando tanto a cascos urbanos como a extensiones rurales. La ocurrencia de un fenómeno de semejante dimensión durante la campaña electoral, con impacto incluso el mismo día de la elección, pudo haber sido una oportunidad para incluir al riesgo como política de desarrollo tanto en las agendas de los futuros gobernantes como en la opinión pública y en la conciencia de la masa de votantes. Sin embargo, no parece haber sido así, y el riesgo de desastres volvió a ocupar su lugar en los cajones del olvido o la indiferencia. Desentrañemos un poco este fenómeno con preguntas y posibles motivos, haciendo foco en los conceptos de imaginario social y percepción del riesgo, con la intención de aportar una crítica constructiva que podamos absorber todos y todas, desde el lugar que nos toca en esto, el proceso, que llamamos Gestión del Riesgo de Desastres.

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El riesgo es la probabilidad de que una amenaza (natural o antrópica) produzca daños sobre una población vulnerable. El riesgo, como escribió Ulrich Beck, es una fuerza política transformadora. Determina nuestras expectativas y guía nuestros actos más cotidianos. En tanto probabilidad, está compuesto por la incertidumbre, y en tanto fuerza política, tiene una enorme capacidad de producir cambios a nivel transversal. Por eso, entre tantos otros motivos, no es fácil convivir con el riesgo de manera consciente. Y también debido a eso, desde hace un tiempo se estudia la percepción del riesgo, que es la manera en que se comprenden, visualizan y aprehenden los peligros a los que estamos expuestos: tanto a partir de aquello que nos amenaza (un volcán, la lluvia, un sismo, un accidente vial, una intoxicación, un incendio) como de aquello que nos caracteriza como vulnerables (nuestras propias condiciones y estilos de vida).


Aunque el riesgo pueda ser dimensionado cuantitativamente, a través de la estadística y la matemática probabilística (el cálculo actuarial), aquí, para analizar el fenómeno propuesto, nos interesa la percepción subjetiva, la que está atravesada por la experiencia humana y los imaginarios sociales.


Cada sociedad ha encontrado, y encuentra, su propia manera de percibir los riesgos de su época. E incluso dentro de cada sociedad, la percepción es una cuestión sectorial: desde el rincón del mundo donde ha nacido y con quienes ha compartido su vida, cada persona entiende el problema del riesgo. Convive con eso.


Reproducción de terremoto por los Romanos


A lo largo de la historia, los que han marcado la manera de percibir los riesgos han sido los desastres. Esto nos conduce directamente al concepto de imaginario social, en tanto éste configura lo real, pues determina y crea una percepción de lo que es aceptado como tal. Las instituciones, las prácticas, las conductas, la normativa, los discursos y las percepciones, todo esto conforma el imaginario social del riesgo, que siempre es un reflejo tanto del mantenimiento como del cuestionamiento del orden social. Es, en definitiva, el modo en que se comprende, aborda y acepta el riesgo de desastres tal como se supone que es.


Planteemos un ejercicio. Si yo digo: vivo cerca de un volcán, usted piensa: algún riesgo existe. ¿Pensarán lo mismo las personas que, efectivamente, viven cerca de un volcán? ¿Conocerán, por ejemplo, el estado de actividad de su vecino el volcán? Los ciudadanos que viven en zonas de alta ocurrencia sísmica, ¿saben de qué está hecha su casa y cómo respondería ante un movimiento? ¿Y cómo concebirán al riesgo los pueblos de áreas forestales que han sido atacadas por incendios? ¿Se habrán tomado medidas para que no se repita?


Y si digo: Titanic, Katrina, Chernobyl, Bhopal, Hindenburg, Vesubio, Haití. Todos pensamos en los desastres. Pero, ¿y el riesgo? Todo desastre fue y es la materialización de una amenaza sobre una población vulnerable. Detrás de cada desastre estuvo y está la probabilidad de ocurrencia. Las amenazas pueden contener mayor o menor peligro, pero para que haya daño debe haber algo expuesto, algo no preparado para convivir con esa amenaza. Eso es vulnerabilidad.

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El riesgo, una vez más, es una fuerza política transformadora, que se esconde bajo el olvido o la indiferencia, formas del no-saber. Otra forma es el desconocimiento, intencional o no. El no-saber es un concepto que toca la intimidad de la reflexividad, una de las características fundamentales de la sociedad en la que vivimos.


Y sin embargo el riesgo se muestra, con la inundación, nada menos que en tiempos de campaña para elegir el próximo presidente. Como si se expusiera, como si quisiera hacerse ver. Los próximos equipos ejecutivos que dirigirán y administrarán los recursos del país y la vida pública de su sociedad pudieron ver, presenciar, una inundación de gran extensión y justo en el corazón de una de las zonas agrícola-productiva más importantes del país, sobre la cual depende en gran medida la macroeconomía del país.


No se nos ocurre un hecho más claro que vincule al riesgo de desastres con los modelos de desarrollo.


¿Cómo es que funcionarios, periodistas y ciudadanos continuamos siendo indiferentes a la incidencia que el riesgo de desastres tiene sobre nuestras vidas, individuales y colectivas? Haremos un repaso de algunos de los motivos que -entre otros- influyen directamente en la compleja respuesta que esta pregunta demanda.


Uno de los motivos es la invisibilización del impacto. El daño se oculta y aquellos que lo sufren, no encuentran espacios para expresar sus pérdidas. Sabemos que este aspecto de los desastres es que más sensibiliza, aunque no necesariamente el que mejor lo hace: el desastre es el que ha determinado la lógica “emergencista” imperante, un enfoque que, aunque necesario, es apenas un fragmento de la política que el riesgo de desastres requiere.


¿Tenemos dimensión de lo que se ha perdido y se perderá con este desastre?


No existen, al día de hoy, informes con números provisorios o definitivos respecto del daño provocado por la inundación. Más de 40 localidades sufrieron el impacto. El número de personas que perdieron la vida varía entre tres y siete. La estimación de hectáreas afectadas al momento del pico de crecida del Río Salado varía entre 160.000 y 4.000.000. Cientos de miles de vacas, terneros, ovejas, cerdos, caballos, cabras y aves sufrieron la muerte o significativos daños en su salud. La siembra que más perderá es la de trigo, calculada en 250.000 ha. Corte de caminos y puentes. Pérdida, temporal o no, de medios de vida. Pérdida de casas y otros bienes materiales. Pérdida de bienes personales. Y deben sumarse las localidades de la provincia bonaerense que vieron interrumpida su posibilidad de ejercer el derecho a votar libremente.


Invisibilizar el impacto es un mecanismo para contener el daño, transversal, que produce un desastre. Con ello se hacen invisibles las causas.


Otro motivo podría encontrarse en la cobertura mediática del tema, que falla en dos aspectos claves: primero, la escasa opinión formada de parte de medios de comunicación y periodistas que, sin juzgar la intencionalidad detrás de la cobertura, sostienen su opinión casi exclusivamente desde el sentido común, olvidando o simplemente discriminando la participación en el debate de científicos tanto de las ciencias duras como las ciencias complejas; el segundo aspecto es la falta de continuidad del tratamiento, que sólo ocupa cuando hay material del daño, todavía fresco; cuando baja el agua apenas si se elaboran notas relacionadas al riesgo.


La incidencia en la opinión pública, tanto de la prensa como de las redes sociales, sigue sin ser suficiente como para torcer ese viejo modo de cubrir los desastres. Porque, si bien durante la campaña hay una dimensión más o menos certera del desastre, las causas que facilitan su ocurrencia continúan sin mostrarse ni verse.


Un tercer motivo parte de la siguiente consideración. Las zonas norte y oeste de la pampa, ondulada y deprimida respectivamente, no sólo sufren de exceso hídrico, cíclicamente, sino también de déficit; ¿cómo puede ser que tampoco encontremos involucrado con mayor protagonismo al sector privado en aspectos de seguros? Los mecanismos financieros de transferencia de riesgo entre el sector público y el privado podrían ser una solución parcial para pérdidas económicas relacionadas a cosechas y producción ganadera. Y podrían facilitar la sostenibilidad de una necesaria concientización.


Ahora bien. Para que tomemos dimensión de nuestro “desequilibrio” en la percepción sobre este tema, la historia. En 1884, Florentino Ameghino había analizado el fenómeno de inundación/sequía en la Cuenca del Salado, una de las más importantes de Buenos Aires. Y vemos que su estudio proponía un manejo integral del agua como recurso, por encima del planteo de “obras hidráulicas para resolver cualquier problema”. Su trabajo fue desestimado en gran parte.


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La percepción juega un papel fundamental al momento de adquirir responsabilidad ante el riesgo. Nuestro nivel de percepción del riesgo es bajo. El que se dispara, ocupando todo el espacio mediático y discursivo, es el nivel de del desastre.


Mientras las encuestas se enfocaron hacia la capitalización política, en términos electorales, de tal o cual candidato, cobertura mediática fue pobre, especialmente la de televisión, donde lo único que pareció importar en términos de riesgo es que faltan obras hidráulicas. El canto a la “obra hidráulica” y a la “ejecución de presupuesto para obras” se llevó la mayor parte de horas de aire televisivo y radial, y poco, tan poco espacio se ha ofrecido a las medidas “no estructurales”, como legislación, institucionalidad, lecciones aprendidas, abordaje prospectivo.


Es coherente con un discurso que sólo responsabiliza a la lluvia. Que sólo se ocupa del manejo de las emergencias y la atención a los desastres. Que naturaliza los desastres, cuando las causas fundamentales de éstos, como nos ha enseñado Blaikie, son de origen político, social y económico. En fin, un discurso que responde, y a su vez alimenta su reproducción, a la percepción del desastre y no a la percepción del riesgo que lo antecede.


Ni los candidatos incluyen el riesgo de desastres en sus propuestas de gobierno, ni la grandísima mayoría de los votantes, o sea todos nosotros, lo consideramos como algo importante al momento de votar.


¿Cómo puede ser que ni los medios de comunicación ni los propios ciudadanos con derecho sepamos que en Argentina no existe legislación moderna sobre riesgo de desastres?


¿Cómo es que todavía no contamos con instituciones fuertes que trabajen sobre la gestión del riesgo y que puedan sumar proyectos relacionando este tema con otros fundamentales, como salud, energía, planificación territorial, educación, transporte y producción?


Hemos construido una sociedad que, por motivos estructurales que merecen estudios profundos, encasilló al riesgo. Lo ocultó. Pero como hemos visto, este tiene un costado imposible de ocultar: su manifestación, el desastre. Es evidente que aún así nuestro imaginario social es capaz de corregir nuestras percepciones, siempre hacia el desastre. Nunca hacia el riesgo.


Es urgente trabajar sobre la percepción del riesgo para incidir en el imaginario social, de modo tal que éste pueda explotarse en su capacidad transformadora de la realidad. Una de las nociones más significativas que se pueden introducir es la de continuo de riesgo, una expresión que altera la concepción actual y supera al viejo ciclo del desastre (antes, durante, después). Como explicó Lavell, el riesgo es continuo, dinámico y cambiante, en circunscripciones territoriales y sociales determinadas. El riesgo, como producto de los procesos de cambio, evolución y desarrollo de la sociedad, la política y la economía en su conjunto.


La historia o la memoria, como recuperación del olvido, y la denuncia o la demanda, como lucha contra la indiferencia, son recursos para combatir el no-saber. La buena información lo es para el desconocimiento. De allí que debemos pedir al periodista, como comunicador, una concepción más integral de los desastres: continua en el tiempo (no sólo en los momentos del durante) y enfocada hacia el riesgo, hacia las causas de los desastres. De allí que deban priorizarse estudios históricos de eventos en Argentina. Y de allí también que debamos, los ciudadanos, demandar a los próximos gobernantes una agenda de trabajo enfocada en el tema.


El riesgo de desastres requiere un abordaje multidisciplinario, holístico, pero es sin dudas de pertenencia social. No caben dudas de que disciplinas como la historia y la comunicación deben tomar protagonismo en el debate político de la gestión del riesgo.

Podremos olvidar el tema, esconder las causas, invisibilizar su impacto, pero en algún momento el riesgo nos lo recordará: un desastre es una fuerza que puede romper la contención política en cualquier momento.


Acaso también nuestro imaginario social necesite eso, una ruptura, para dar espacio, por fin, a un nuevo paradigma, uno en el que prevalezca la percepción del riesgo por sobre la del desastre, uno que comprometa a los actores sociales a gestionar el riesgo y lo asocie, invariablemente, al modelo de desarrollo sostenible que tanto necesita nuestro país.


Las fotos fueron tomadas sobre la Ruta Nacional 5 entre Suipacha y Gorostiaga

el 17 de Agosto de 2015 cerca de las 19 hs.


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